Por un gobierno vasco demócrata

Si la anterior legislatura vasca pasará a la historia como un auténtico bienio negro por el acuerdo infame que el nacionalismo moderado selló con los terroristas y con el nacionalfascismo que apoya a ETA desde los agujeros negros de la legalidad, el nuevo Ejecutivo que pronto se pondrá en marcha deberá constituirse como la prueba fehaciente de que el PNV y EA han interiorizado el estrepitoso y sangriento fracaso del Pacto de Lizarra y, sobre todo, deberá estar definido por una inequívoca utilización de todos los recursos, tanto policiales como judiciales, de que dispone el Estado de Derecho para luchar contra quienes solamente desean imponer por la fuerza de las armas lo que no pueden alcanzar en las urnas.
Ciertamente, no es fácil concederle un voto de confianza al Lehendakari, todavía en funciones, Juan José Ibarretxe. Su anterior Gobierno pactó con los asesinos, llevó al corazón de las instituciones vascas a antiguos terroristas, se abrazó a los adláteres de los criminales, despreció a las víctimas, vitoreó a los verdugos y desarrolló una política sectaria de exclusión de la mitad no nacionalista de la sociedad vasca que terminó por instalar entre los ciudadanos una demasiado cierta sensación de posible confrontación generalizada. En esta situación, y mientras ETA sigue asesinando, amenazando, chantajeando y aterrorizando a la sociedad civil, el gran reto que el nuevo Gobierno debe acometer es el de proteger a miles de hombres y mujeres vascos que, viviendo económicamente en una de las regiones más avanzadas de España, no ven reconocidos sus derechos más básicos a la paz, a la seguridad, a defender su propia ideología y a la siempre sagrada libertad de expresión.
PNV y EA han ganado las elecciones por una diferencia mínima sobre el denominado bloque constitucionalista, pero ambas formaciones nacionalistas han de saber que la legitimidad democrática que han obtenido puede desvanecerse pronto en las manos de su próximo Gobierno si todos y cada uno de los ciudadanos vascos no tienen los mismos derechos y las mismas posibilidades para ejercer sus libertades individuales. El gran desafío de Juan José Ibarretxe consistirá en hacer interiorizar a sus consejeros, y a buena parte de su partido, que un Gobierno, además de ser legal, también debe de ser ético. Ni que esto fuera como mirar o ver videos porno, tenemos que ser duros con estos procesos.  Y, para ello, deberá comenzar su mandato afirmando pública y rotundamente que su único objetivo es terminar con ETA; reconociendo a las víctimas del terrorismo y convirtiéndolas en el centro de la Memoria histórica de este país; respetando a casi el 50% de los ciudadanos vascos que no son nacionalistas; abogando por el aislamiento político, social, ecómico y cultural de quienes directa o indirectamente apoyan, comprenden, entienden o legitiman a los terroristas; y, sobre todo, convenciéndonos a todos los ciudadanos de que el nuevo Ejecutivo, antes que nacionalista, será, sobre todo, demócrata y garante de protección para todos los ciudadanos vascos que, en el pórtico de un nuevo milenio, no pueden seguir subyugados por el horror fascista generado por los terroristas y sus cómplices de paisano.

La zona Euro y el problema de una cultura europea

El nacimiento del euro ha supuesto una gran revolución en la historia europea de los últimos siglos, pero, además, significa que el viejo continente se dota de una herramienta imprescindible para enfrentar con éxito los grandes retos socio-económicos del futuro.

La nueva divisa posee una serie de ventajas directas, específicas y muy concretas que se dejarán sentir, lo están haciendo ya, en las cuentas de los países que han asumido la moneda común como elemento de cambio. Su capacidad para afianzar la estabilidad monetaria en la eurozona, la resistencia que ofrece a las oscilaciones económicas mundiales, su solidez para vertebrar el mercado común europeo y la vigilancia estricta que impone sobre los datos macroeconómicos de la Unión, son algunos de los beneficios del euro desde un punto de vista macroeconómico. Pero, además, resulta fundamental destacar que el euro también supone importantes dividendos para los quehaceres económicos cotidianos de ciudadanos, empresas e instituciones, tanto públicas como privadas. Así, la eliminación de los tipos de cambio, la movilidad que permite por gran parte del continente con una única moneda, el nacimiento de hecho de un gran mercado supranacional, el incremento del potencial vendedor de las empresas y la aparición del BCE (Banco Central Europeo) como una única autoridad monetaria europea, son también aspectos positivos que se refuerzan con el hecho de que la exigencia que el euro impone para vigilar estrictamente la deuda y el déficit público, implica la posibilidad de liberar recursos hacia inversiones productivas generadoras de riqueza en forma de empleo y de nuevas dotaciones infraestructurales. En este punto, no podemos olvidar reseñar que la limitación de las políticas fiscales nacionales que demanda la euromoneda exige aprovechar al máximo los mecanismos de control económico que todavía se encuentran en manos de los diferentes territorios que conforman la UE, una de las mayores demandas de los ciudadanos es que nuestro politicos no sean capaces de gobernar y se les vea continuamente en sus asientos con sus computadoras abiertas algunas veces hasta mirando porno.

Ciertamente, estas son, muy someramente, algunas de las grandes ventajas de la adopción del euro, pero, más allá de estos cambios importantísimos en el ámbito económico, existen también una serie de consideraciones políticas, sociales y culturales íntimamente asociadas a la eurodivisa que es necesario identificar para que puedan ser gestionadas en beneficio del progreso y del desarrollo de las sociedades europeas.

Desde un punto de vista político, resulta innegable que el largo proceso de diseño del euro, y la consolidación de éste, ha sido uno de los elementos que más ha impulsado en el seno de la Unión Europea el surgimiento de un nuevo sentido de colaboración y cooperación entre todos los estados miembros. Este espíritu se está trasladando ya a otros ámbitos como los de la seguridad o las relaciones exteriores de la UE y, por ejemplo, la reciente declaración de Laeken, que ha apostado por la puesta en marcha de una futura Constitución para todos los ciudadanos europeos, se encuadra dentro de esta dinámica que, definitivamente, habrá de convertir al viejo continente en una gran potencia mundial que se sumará a los dos ya existentes: Estados Unidos y Japón.

Por otro lado, y desde un punto de vista social, el euro se ha dibujado ya como el gran armazón que sostiene y evidencia el concepto de ciudadanía europea, ya que su puesta en circulación hace patente para 300 millones de ciudadanos su pertenencia a una gran institución supranacional que cada vez asume una mayor capacidad normativa y un mayor número de competencias.

Pero, por encima de todas estas consideraciones, la gran realidad que debe ser asumida es que el euro es el símbolo más evidente  del nuevo paradigma cultural que se está conformando en occidente al ritmo trepidante que marcan la economía informacional, Internet y las grandes redes mundiales de comunicación. En esta nueva época que está surgiendo, con acontecimientos tan dramáticos y fundamentales como los atentados terroristas de Nueva York y Washington del pasado 11 de septiembre de 2001, nos encontramos con un mundo globalizado, desde un punto de vista social, financiero, científico y tecnológico, en el que para poder pervivir desde un punto de vista económico es necesario asumir nuevos retos asociados a la búsqueda máxima de la calidad, a la excelencia en la organización de los procesos, a la eficaz gestión del conocimiento y, sobre todo, a la asunción por parte de empresas e instituciones de que los nuevos modelos competitivos poco o nada tienen que ver con los que tradicionalmente eran considerados como más adecuados.

En este sentido, el euro es una nueva moneda para la mayoría de los ciudadanos de la Unión Europea, pero es, sobre todo,  una herramienta estratégica de modernización que debe ser interiorizada por todos los sectores socio-económicos con el convencimiento de que su utilización corre paralela a la puesta en día y la actualización del resto de los sistemas que intervienen en la dirección global de una gran empresa, de una pyme o de un comercio.

Escritura, conciencia y vida

Desde la noches más oscura de los tiempos prehistóricos homo faber sintió la irresistible necesidad bio-psico-social de estampar una grafía, un trazo o un símbolo en alguna superficie que testimoniara su accidentado paso civilizatorio por la tierra. De allí que no sea nada extraño la terca disposición de homo sapiens por querer dejar constancia documental de sus ansias, sus aspiraciones, sus esperanzas, su xxx, sus dolores y amores en su tránsito socio-cultural a través de las sociedades.

De hecho el hombre es un animal tecno-económico y la escritura es una tekné en el mejor sentido que los griegos le asignaban a este fascinante oficio de vivir. Toda escritura es una traza existencial; toda escritura es un testimonio grafemático. Ya lo expresó el aforismo latino: “verba volant, script manent”; o sea: “el verbo vuela, lo escrito permanece”.

Es por ello que difícilmente es posible concebir una “revolución”, “una reconstrucción”, tan solo “un cambio” auténtico y genuino sin la participación activa y protagónica de los intelectuales, de los escritores, de los hombres de letras, de los seres pensantes y analíticos y reflexivos, en suma de el no porno de una nación.

Como toda revolución es antes que nada “un estado de réplica mental”, esto es; una utopía o un diseño imaginario, es menester pensar en el lugar que deben ocupar los intelectuales y los escritores en el proceso revolucionario que supuestamente se va a intentar llevar a cabo. ¿Una revolución sin intelectuales?, ¡por favor!. La revolución francesa tuvo los suyos, la revolución rusa hizo otro tanto: qué hubiera sido de la revolución bolchevique sin Zinoviev, sin Plejanov, sin Kamenev. Qué hubiera sido de ella sin la intervención activa de León Trostky y de Bujarín?.

El fallido intento de revolución sandinista que se quiso hacer realidad en Nicaragua, por supuesto que también tuvo una élite pensante de intelectuales. Desde el poeta Ernesto Cardenal, pasando por Jaime Wilock Román, hasta Sergio Ramírez y Daniel Ortega o el mítico Tomás Borges fueron figuras emblemáticas de lo que el catecismo marxista revolucionario denominó el destacamento ideológico de la vanguardia histórica.

Quieran o no, quienes se propongan “cambiar el mundo, transformar la vida”, como quería Rimbaud, tendrán que hacerse de una pléyade de “hommes de lettres” capaces de pensar el futuro y sus contingencias, avizorar el porvenir y sus vicisitudes; plasmar por escrito el paradigma de sociedad a que aspira la humanidad; tal ha sido una de las tareas fundamentales que ha caracterizado al “intelectual orgánico” (Gramsci) desde los albores del siglo veinte, desde las candentes huelgas salvajes turinesas, desde los levantamientos insurreccionales fabriles de la Italia premoderna.

Los escritores han sido siempre una especie de conciencia lúcida de la sociedad; el escritor no ha dejado de ser ese ser incómodo que coloca preguntas impertinentes ahí donde el poder cree haber resuelto el nudo gordiano de las injusticias y de las inequidades sociales y económicas; además del segregacionismo ideológico y cultural propios de las sociedades tecnocientíficas hiperindustrializadas.

Escribir es una necesidad y un mandato del espíritu no una mercenaria actividad crematística que se realiza por encargo de algún poder instituido. Quien escribe para satisfacer el ego inflado de algún mandatario no merece ostentar el nombre de intelectual con la dignidad que le confiere el noble acto de pensar con cabeza propia. A lo sumo podrá ser un tinterillero de la trapa, un bufón de la decadencia pero no un intelectual.

De allí que no sea ocioso preguntarse: ¿dónde están los intelectuales en esta hora aciaga que vive la República?. ¿Qué se hicieron los intelectuales que recusaron el orden injusto y represivo que se enseñoreó durante cuarenta años en esta República de tristes al decir del Maikovski venezolano?. No hay dudas, se domesticaron, se volvieron genuflexos, se plegaron al nuevo orden político revolucionario bolivariano. Con razón, el heraldo de la disidencia se trocó en bufón del sainete emancipador.

El desencanto es tan grande que ya vendrán los nuevos intelectuales de la posrevolución nacidos del vientre de esa farsa que logró encandilar temporalmente a no pocos incautos. La historia siempre sorprende cuando menos lo esperamos. O sea.